Año nuevo

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ALBERTO DE LUCA BARTOLOMEO.-

Se ha aludido a esos personajes denominados “presidentes”. Es un tema trillado, pero poco analizado en profundidad si se tiene en cuenta su importancia, y menos en un país como el nuestro, donde la sombra del caciquismo y las versiones democratizadas del feudalismo han creado nuevas “castas” de baja estofa. Pero no voy a referirme hoy sólo a los presidentes, a los decisores, sino a los “dirigidos”, al ciudadano, al objeto reivindicativo de la dirección. De eso llamado pueblo. Pueblo que observa, juzga, asiente, aplaude, critica, rechaza o se da por entero. Ese pueblo agobiado que rugió una protesta categórica, a un estilo, a una forma de desdirigir y que extendió con generosidad inusitada y conmovedora, de la cual sólo los pueblos son capaces, un “cheque en blanco”.

Los cheques en blanco son un gesto heroico y supremo de fe, confianza y esperanza para quien los extiende, y son de una responsabilidad y de un riesgo aterrador para quien los recibe. El comportamiento social, colectivo, de nuestro pueblo (la mayoría), de todos los grupos sociales, ha sido más que ejemplar. Soportar casi estoicamente crisis tras crisis, desacierto tras desacierto, exabruptos, asistir obligatoriamente al espectáculo de improvisación entre los “dirigentes”, y al bombardeo irritante y permanente de anti-mensajes, hasta que al final condenó esa atmósfera y extendió un apoyo ilimitado al presidente “alternativo”.

Los apoyos absolutos, en principio, tienen que llenar a quienes los reciben de orgullo y satisfacción, pero pasado el natural momento gratificante, cualquiera puede ver el peso que el tamaño de esos apoyos significa. Ese peso se traduce en grave compromiso para responder, para dar la talla; extremo cuidado para decidir, y en definitiva: congruencia para actuar. Ciertamente, los grupos hoy rebasan a los “dirigentes” y los pueblos son gigantes ante ellos si se les da la posibilidad de juzgar, de decidir y de actuar. Oportunidad que los dirigentes tienen todos los días y los pueblos casi nunca. Por eso los grupos, los niños y los auténticos son aplastantes en sus juicios y en sus decisiones. Por ello su confianza está totalmente condicionada a la conducta que observan y a las motivaciones que adivinan y sienten.

Probablemente, no hay elemento más inerme, ni fiscales, ni jueces más inexorables y justos, pues no hay sombra de mediatización o interés alguno en la clara limpidez de su mirada o de su gesto para dar o repudiar. Y la respuesta no se hace esperar mucho, tan pronto premian con la entrega más absoluta, como condenan con la indiferencia o el desprecio más doloroso, dependiendo de la intención que tan bien saben detectar. Extraña antinomia, cuando las ecuaciones de conducta parecieran tan simples, el que sin embargo, las resoluciones “políticas” resulten aparentemente “tan” difíciles.

El presidente en cuyas manos nuestro país ha depositado sus destinos, ha de saber con claridad meridiana, que no puede sino estar a la altura del COMPROMISO  que se le presenta sin “compromisos” minúsculos. La altura la definió su mensaje electoral: profundizar el proceso. Y si  no es fácil decidir qué es lo mejor, los pueblos tienen una “extraña” cualidad para reconocer al instante lo que NO es lo mejor. ¡Difícil!, rezan los profundos tratados. Y es un problema decisional, de autenticidad y coraje, de la capacidad de afrontar los riesgos del conflicto. Pero, ¿Estas características son compatibles con las dirigencias consagradas y la comodidad del status? o ¿Son rasgos que sólo distinguen al bravo y soberano pueblo, que posee la preciosa libertad del irreverente? Señor Presidente: tiene la palabra, los demás ya entregaron su fe y esperan… ¿Hasta cuándo?  delucabartolomeo@gmail.com

 


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