De nuevo sobre el hombre nuevo

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LUIS FUENMAYOR TORO.-

Que los cambios científicos y tecnológicos, económicos y sociales, políticos y culturales en general, son capaces de modificar en forma importante al ser humano, es una cuestión que pocos se atreverían a discutir. No hay sino que ver como se ha modificado el hombre desde su aparición sobre la tierra hace unos 200 mil años, para no remontarnos en el análisis a todo el desarrollo anterior que significó cambios genéticos importantes, para percatarse con facilidad de esta verdad.

Y no son sólo los cambios físicos sino de todo tipo. Si nos vamos a los cambios producidos luego del descubrimiento de cómo hacer fuego en adelante, la evidencia también es muy rica, pero incluso si sólo tomamos de la historia la que conocemos de 6 mil años para acá, nos daríamos cuenta que los distintos períodos vividos por la humanidad se corresponden con cambios desarrollados por las personas en cada época.

No son iguales los egipcios del reinado de Ramsés II que los griegos de la época de Platón, ni los franceses cuando Napoleón. Es más, podemos afirmar que los egipcios actuales son diferentes cualitativamente de los de hace 5 mil años, como lo son los alemanes de hoy de las tribus germánicas del pasado. Hablo de cambios en la conducta, el lenguaje, las costumbres, las creencias, la forma de pensar y ver el mundo, la organización social, los valores éticos y morales, la cultura en general, que bien puede llevarnos a concluir que los de hoy son hombres nuevos con respecto a los del pasado. Estamos hablando de la influencia de miles de años de cambios sociales, sobre el comportamiento y la forma de ser de los seres humanos.

Las revoluciones, sobre todo las contemporáneas, han hablado e incluso prometido un hombre nuevo como consecuencia de las trascendentes modificaciones supuestamente generadas. La revolución bolivariana no ha sido una excepción. Ha ido más allá que sus predecesoras, pues ha llegado a afirmar que lo obtuvieron, que el hombre nuevo está entre nosotros con valores opuestos a los del capitalismo, sólo que no lo han podido construir en toda la sociedad sino exclusivamente en la chavecista. Tendríamos entonces a sólo un 25 por ciento de la población favorecida de la acción revolucionaria. Seres distintos, solidarios, fraternos, honestos, respetuosos, justos, corteses, dedicados al trabajo, sin ambición de riquezas ni de privilegios.

Contrariamente, lo que vemos como resultado no es precisamente el hombre perfecto señalado. Es el malandro de los colectivos armados, que destroza laboratorios universitarios; el bachaquero, que explota las necesidades de todos; el forajido, que violenta las leyes en forma impune; el ignorante que hace desastres; el codicioso que roba el patrimonio público; y el político cavernícola que agrede consuetudinariamente a quienes le adversan.

 


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