La saga de un cronista

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POR: AUBER INFANTE BUSTAMANTE

Elías Bittar,

querido amigo

partiste muy pronto.

 

Ciertamente, la palabra “saga” no quedó atada al Cantar de los Nibelungos ni a otros poemas épicos medievales, que funden hechos históricos con creencias mitológicas. Hoy, las sagas nórdicas están en el recuerdo de algunos pocos como Adelis León Guevara o Guillermo Jiménez Leal. Ahora son otros tiempos y la palabra tiene un sentido más amplio, debemos decir, más holgado que el significado del diccionario de la Real Academia de la Lengua. Creo que también podemos llamar saga, al resaltar la historia de dos o más generaciones o de una dinastía familiar, escribir en las páginas de sociedad, espectáculos, cultura, como también deporte y columnas de opinión, o aplicarlo a cualquier producción artística. Bajo esta premisa, voy tras la saga de un cronista.

Este cronista es un laureado reportero de la verdad, es la valiente pluma que nunca guarda silencio. Jamás dice que ha llegado el momento de la última historia, siempre está alerta con el hecho más insignificante para luego hilar de manera muy fina una exquisita crónica. En verdad, su mundo, es un mundo patas arriba que se desarrolla debajo, encima o al lado de diarios, libros, o vivencias que le llegan en forma de relato y de imágenes fotográficas. Actualmente ser cronista es forjar una escuela de honestidad, que en oportunidades está al revés y no sabe cómo será el día siguiente.  El cronista es un errabundo que viaja a pie, en avión, carro, tren, barco o en bestia si es necesario, pero no abandona una crónica. Mi amigo el cronista cuando anda solo, carga dentro de su cuerpo el alma del pueblo, sobre ese cuerpo suele cargar algo adicional como ropa, lentes, a veces boina o sombrero, un bolígrafo, una libreta de anotaciones y una cámara fotográfica. No pretende ser heroico porque es muy humano; sin embargo, lucha denodadamente por la restauración de la casa donde un héroe bailó y escribió uno de sus pocos poemas.

Siempre tiene la  genial idea de salir de casa, para mirarse en el espejo del amor de una Portuguesa que al verlo, abrió los brazos y lo recibió con cariño. Así se refleja en el niño que juega en la calle, en el agua límpida de la quebrada de Araure. Se curte con el sol y se transforma en el bahareque convertido en hogar. Es la palabra narrada que se estructura para conformar una historia o una anécdota. Es memoria en la fotografía amarillenta que recuerda tiempos idos, en la música que se arraiga como elemento cultural. Es sentimiento de éxodo por el familiar que parte o de alegría en la bienvenida al que llega. Es crítico del político decadente, pero también alegre ante el ingenio creador del pueblo.

Relaciono a mi amigo con la leyenda de Orfeo, la que cuenta cómo bajó a los infiernos por el amor de su esposa Eurídice. El Dios había consentido que se casara con Orfeo y al parecer eran muy felices. Un día que paseaba junto a un río, un pastor la vio y se enamoró de ella, e intentó violarla. Al tratar de huir, Eurídice fue mordida por una serpiente y murió. Orfeo, inconsolable, baja a los infiernos a buscarla. Sin otra arma que su lira, emprende el tenebroso descenso cantando las canciones más tristes.

Wilfredo Bolívar es un Orfeo defendiendo a su Eurídice que es Araure, su lira es el discurso que emite ondas vibrantes desde los terrenos donde se libró la Batalla de Araure. Alerta sobre el abandono de la casa de Bolívar. En fin, ha sido el campanero con el grito de alerta constante ante la pérdida del patrimonio de la histórica Araure, causado por una caterva de concejales corruptos. De verdad, representa las venas de un pueblo que él muestra abiertas al tiempo, por esto, jamás intentará cerrar la boca del tiempo porque la memoria debe seguir escribiéndose. Como hombre nacido en libertad, lucha por el rescate de la democracia en Venezuela. Ese es el cronista Wilfredo Bolívar. A ti querido amigo, desde la distancia pero como si estuviese en el histórico Túmulo de Araure, unido en un sólo grito con ese pueblo que tanto te aprecia, te dedico mi grito de guerra. ¡Que vivan la democracia y los hombres libres, carajo!

 


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