Un niño de cumpleaños

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NARCISO TORREALBA.-

“Aléjame de la sabiduría que no llora,  la filosofía que no ríe y la grandeza  que no se inclina ante los niños.” KhalilGibrán

La semana pasada fui con mi compañera a Santo Domingo, en el estado Mérida, a presenciar la llegada de la quinta etapa de la vuelta al estado Táchira en bicicleta. Al salir de aquí, la madrugada estaba sumamente agradable, con  un clima propicio para el romance o cualquiera aventura en Los Andes venezolanos. Después de Barinas, empezamos a sentir la baja temperatura, con un frio que penetraba por cualquier rendija del pequeño vehículo donde nos trasladamos. Al llegar a Barinitas el frio se hizo más intenso, anunciando lo que íbamos a conseguir más adelante. El paisaje se presentaba con una vegetación adornando la estrecha carretera entre curva y curva, donde se podían observar los matices de la hermosa naturaleza, sin ninguna muestra del verano que empieza a hacer estragos  en Los Llanos venezolanos.

Al llegar al sitio conocido, como el “velo de la novia”, una leyenda contada por los pocos moradores del lugar, con la paciencia de las mujeres y hombres de este bello paraje, nos encontramos a un señor acompañado de su pequeño hijo con toda la inocencia del mundo reflejada en su rostro, con muestras del agradable clima de las alturas. El silencio de la mañana en la humilde vivienda los envolvía mientras abría la puerta trasera para dejar entrar la esperanza en el pequeño negocio, donde se puede degustar un sabroso cafecito mañanero, acompañado de unos pastelitos de agradable sabor, pero fríos, como el amanecer.

En el corto rato, estuvimos observando la imponente montaña, dando inicio a una amena conversación con el señor, un hombre de poco hablar, pero  muy atento a cada palabra de sus visitantes. El niño observaba sin moverse, apoyado  de una vieja puerta de madera. Empezamos a buscarle conversación, pero solamente conseguimos el rostro serio, con las manos agarradas, sin pronunciar una sola palabra, parecía la foto de un angelito pintado en la pared.  En repetidas oportunidades, le preguntamos el nombre, sin pronunciar una palabra. Mantenía la mirada fija en los dos visitantes mañaneros. Al momento, escuchamos la voz de su padre, quien lo observaba con una sonrisa tan llena de ternura, que por momentos me hizo olvidar el motivo del viaje: ¡Se llama Samuel, y hoy está cumpliendo tres añitos! Empecé a entonar la única estrofa que siempre recuerdo de la muy conocida canción de cumpleaños, a pesar que no poseo cualidad alguna para el canto, lo hago en momentos, como este, dejando escuchar: ¡Cumpleaños feliz/ te deseamos a ti/ Cumpleaños Samuel/ Cumpleaños feliz! ¡Bien! La canté, con todo el amor del mundo, bajo el silencio de mi compañera, del alegre señor, y de Samuel, quien seguía inmutable, con los ojos muy abiertos, dando la impresión de estar escuchando y observando algo muy extraño. Su padre empezó a sonreír sin dejar de verle el rostro a su hijo; se encontraba tan emocionado, que parecía él, el verdadero cumpleañero; al finalizar, se escucharon las palmas, aplaudiendo en medio de la soledad de la montaña, para celebrar el cumpleaños de un niño andino, de los tantos que viven casi escondidos en medio  de estos parajes.

Al reiniciar el recorrido, recibimos la agradable sorpresa del cumpleañero, tan reconfortante, como todos los momentos del corto viaje –– ida y vuelta –– el cual nos pareció una eternidad. El niño, había  salido a saludarnos con una sonrisa angelical, parecía haber entendido el motivo de la canción, para finalmente levantar su mano derecha, despidiéndonos  con tanta ternura, que difícilmente voy a olvidar mientras viva. Narciso _t_29@hotmail.com

 


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