Vergüenza nacional

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POR: ALBERTO DE LUCA BARTOLOMEO

Este exhorto parte de un síntoma vergonzoso de la sociedad venezolana corrompida desde sus células por un ánimo conformista, cobarde e irresponsable de cuanto le rodea, porque produce el desmembramiento del país. No es menester considerarse muy sagaz para observar que nuestro país envejece rápidamente, siendo tan joven. Su desgaste nervioso es mucho mayor que su “democracia” o su revolución”, según el caso. El espíritu público, el alma nacional, comienzan a lajarse. Debemos intentar revelar minuciosamente los mecanismos de una Venezuela que da la espalda a la tradición por la adquisición de “nuevos” valores fundados en el lucro fácil de la corrupción. Estas líneas describen amargamente nuestra realidad, donde palabra y acción se unen en una denuncia que debe descubrir nuestra realidad, como país, tras reflejos engañosos.

Como psicólogo, como persona, soy flagelado por la realidad en la cual vivo. La sensibilidad se ve comprometida ante las figuraciones emanadas del poder político hegemónico. Lo manifiesto de lo feo, de lo turbio de la Venezuela actual, propugna, dentro de mí, la semilla de la reacción, de la búsqueda de alternativas ante el sino fatal de la historia venezolana. Van encadenados de tal suerte los sucesos, en forma tan trabada y eslabonada la serie de incidentes que han determinado nuestra catástrofe nacional, que desde el factor menos importante hasta los personajes de primera línea, y hasta las transformaciones sociales, de mal en peor, y los fenómenos meteorológicos, todo, en fin, parece que fuese destinado por una voluntad suprema y malvada a consumar este penoso proceso, torbellino loco, ola sin rumbo que a esta hora, con un sucio penacho de espumas, no sabemos si va a romperse, soberbia, contra un arrecife o si se abatirá desmayada, mansa, abyecta, en los bajos lodosos, en las marismas pútridas.

Es el destino de Venezuela como una ola que crece alimentada por todos los errores de sus hombres, y cuyo último fin permanece abierto. No se trata, en fin, de una suerte de divinidad maligna que concatena nuestras calamidades. El sino venezolano es producto de sus acciones, de las dispares voluntades que han dejado el camino libre a los gobiernos caudillistas, populistas y autoritarios. ¡Tenemos libertad, Venezuela se encarrila! gritan desde el poder. Pero esta cadena de ilusiones pasó rápidamente. Los aduladores de la “IV República” se volvieron aduladores de la actual “V República”, la cual en vez de aflojar, apretó más aún las riendas del poder autoritario. No ha faltado quien asumiera una actitud crítica, pero ha sido silenciado rápidamente con la cárcel o el destierro. Hay quien ha sufrido ambas consecuencias. Pero no sería el único.

Cada sector de la sociedad se ha visto obligado a tomar partido ante la situación actual. Hasta el clero se ha visto dividido por estas circunstancias. ¿En dónde está la fe militante, el carácter apostólico, el báculo del pastor, la dignidad eclesiástica, promoviendo un diálogo de sordos? Esto expresa un diagnóstico inapelable de la división del país. Por supuesto, las condiciones de vida distan mucho de ser amables, se tornan peores. En efecto, la crueldad, la ferocidad salvaje, implacable, fría, absurda, ha venido creciendo, agigantándose. Hay que cuestionar una y otra vez el régimen que se vislumbra, en sus patrones de gobernabilidad, rasgos notablemente misantrópicos. Se trata de la negación misma de la condición humana. Al chocar el ambiente represivo que nos toca vivir con nuestra formación humanística, los conceptos de libertad y enajenación cobran una dimensión más profunda. Estas líneas distan mucho de ser amables y complacientes.

delucabartolomeo@gamail.com              


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