una alfombra para la salida roja

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AUBER INFANTE BUSTAMANTE/

La historia de la humanidad nos ha entregado una lección dura pero inevitable: Todos los imperios, en todas las épocas y latitudes, tarde o temprano CAEN. Si hablamos de imperios caídos, el primero que se nos viene a la mente es el Imperio Romano, y luego también recordamos el persa y el griego como compañeros de desventura. Como un recuerdo aún cercano en el tiempo, se nos hace imposible olvidarnos de Hitler y la caída del muro de Berlín o de Stalin y la evolución rusa hasta llegar a la Perestroika. En la actualidad el único país al que todo el mundo considera un imperio es a los Estados Unidos de Norteamérica, y la mayoría de gente vive esperando su caída. Me refiero al mundo árabe-musulmán, los comunistas, algunos socialistas e indefectiblemente, todo ese combo de trasnochados  revolucionarios  latinoamericanos que encabezó el del CDLM y  por cualquier duda aclaro: Cuartel De La Montaña. La caída de un gobierno ocurre cuando en una sociedad política existe la disposición por sacarlo del poder y antepone la necesidad de un pueblo oprimido por encima de ambiciones personales, grupales o partidistas. Así ocurrió en Chile.

Nuestra realidad es muy diferente. Hemos sido amaestrados y respondemos sólo a los estímulos con que muy hábilmente nos ha condicionado el gobierno con la asesoría del G2 cubano. Nos permiten celebrar muchos hechos: El 19 de Abril, el 24 de Junio, la irrupción de la Generación del 28, el 23 de Enero, validar partidos, hacer marchas, como un gesto de lucha contra la opresión para el disfrute de nuestra libertad. Nos permiten protestar en pequeños grupos y nos disuelven “amistosamente” con gas del bueno y si somos muy persistentes, con los grupos irregulares armados por el gobierno.

Cuando la estrategia política del gobierno se fundamenta en representar a un partido político y  no al Estado-Nación con sus ciudadanos, que no existen esos ciudadanos como tal, sino una masa amorfa que le puede ser útil en o para algo, cuando se maneja la relación gobierno-ciudadano bajo el  concepto de amigo-enemigo o patriota-apátrida; es un gobierno condenado al fracaso. Eso es lo que estamos viviendo hoy. La maniobra de la oficina electoral del PSUV, de validar los partidos para retrasar aún más las elecciones, consiguió un objetivo no deseado, los equipo de activistas retomaron el contacto con el voto duro y los dirigentes de base en cada comunidad, barrio y caserío hasta el más alejado rincón, allí donde se evidencia el hambre y el maltrato del gobierno que se traduce en un descontento popular. Sin embargo, la unidad esta signada por la proliferación de ambiciones pueriles de querer ser candidato a cualquier cosa, cuando lo importante es llegar a un acuerdo de cómo salir de este gobierno a cualquier precio; pues, mientras nosotros no sabemos cómo llegar al poder, el gobierno sí sabe cómo mantenerse en ese poder. Si  la clase política anda en estas condiciones, el grueso de la población todavía no ha tomado conciencia de la profundidad de la crisis en la que nos ha sumido el militarismo. La padece, la sufre y mientras tanto implora al altísimo un milagro o espera una reacción internacional que no va a llegar.

Hay que asumir esa realidad y decidir cómo echar los cimientos de una fuerza social y política capaz de hacer respetar el derecho al voto. Es una estupidez pensar en candidaturas a cualquier cargo, decir que fulano es mejor y se merece la presidencia, que tal partido validó en más estados, que el otro acumuló tal cantidad, sin sacar a quienes hoy ostentan el poder, es una ilusión que sólo alegra a los idiotas que aún no se percatan que estamos sumergidos en una cloaca. Es necesario centrarse en un acuerdo en el que prive el pragmatismo político, haciendo concesiones de todo tipo al actual gobierno para que deje el poder, luego  nombrar un gobierno de transición, que entre otras cosas llame a unas elecciones generales. La otra sería iniciar una guerra civil, que sabemos cuándo comienza, pero jamás cuando termina. ¡Que vivan la democracia y los hombres libres, carajo!


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