“viejo soguero”

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WILFREDO BOLÍVAR/

Pleno de lecturas, vivencias y añoranzas, en 1971 en Caracas tras dejar a Araure, cursando la carrera de derecho, implosiona en Joel Hernández el proceso creativo que lo convertirá en compositor. El llano piedemontano invade de nostalgias sus recuerdos, impregnándolos de lecturas y vivencias que comienzan a entretejer una urdimbre de signos nativistas.

Corre el año 1973 y aún la canción dedicada al ‘viejo soguero’ no se escribe. En la capital, durante esos días, conoce Joel al poeta barinés José Vicente Rojas, autor del joropo “Pescador del río Apure”. Le trae a Araure durante una Semana Santa y, en medio de una tertulia entre paisanos, en presencia de Joel el poeta Rojas conversa con el coleador araureño Valmore Dávila, quien refiere al compositor la historia de un ‘caballo coleador’ pleno de emociones inusitadas. La tertulia de cuaresma retrotrae igualmente otras cuitas sobre un toro sardo ‘cachudo’, las cuales Joel Hernández arrima en su memoria.

En 1979, en Guanare, convertido en Procurador del Estado Portuguesa, ocurre en el araureño el hálito creativo. Una tarde, en la pensión donde vive, mientras rasga el cuatro recuerda la historia del caballo coleador referida por su primo Valmore Dávila; y surge la idea de componer una canción dedicada al llanero y sus apegos al caballo.

En el deseo de perpetuar el sentimiento de los llaneros por sus cabalgaduras, las emociones se entremezclan con los recuerdos del caballo de Páez en Mata de la Miel; y agolpa de ponto la épica narración del lancero frente a 300 jinetes contra 1500 españoles, inspirando en Joel una canción con trazos vibratorios sobre la ínclita jornada del atardecer del 16 de febrero de 1816, cuando una bala entra por el ojo del caballo de Páez, hiriendo mortalmente al animal. — ¡Compañeros, me han matado mi buen caballo. Y si ustedes no están resueltos á vengar ahora mismo su muerte, yo me lanzaré solo á perecer entre las filas enemigas!”.

Un hecho curioso envuelve los orígenes ocultos de la canción. Meses antes de ser escrita, en su rol de Procurador de Portuguesa, el araureño redacta documentos de la pensión “Valencia”, una vieja casona guanareña que va a ser derribada, ubicada enfrente de la Asamblea Legislativa del estado. Consumada la triste realidad de su demolición, el periodista Jesús “Chuy” Torrealba solicita a Joel Hernández le obsequie las puertas y ventanas del malogrado inmueble, para donárselas a su padre el luthier barinés don Antonio Torrealba, director de la Estudiantina de Guanare, a fin de que reutilice sus maderas en la elaboración de algunos cuatros. Confeccionará más de 180 instrumentos numerados obsequiándole a Joel el número 175, cuatro con el que compondrá la célebre canción de orígenes coromotanos.

Al atardecer de un buen día de mediados de 1979, con el cuatro del maestro Antonio Torrealba, recostado a una campechana pergeñó el araureño Joel Hernández Pérez la célebre melodía. Acicalada en los códigos ocultos del llano colombo-venezolano, una atmósfera emocional sin fronteras envuelve su narrativa de ataduras semiológicas. Amamantada por claves y códigos, nace el ‘soguero’ fecundado en un marco cosmogónico que simboliza y eterniza la relación ‘hombre-caballo’ de la cultura esteparia.

“Viejo soguero, ¿por qué usted no pica el cuero del toro sardo cachú?, el que me mató el caballo, mi caballo cabos negros, cuando cogía cachilapos en sabana abierta a la luz de la luna de enero. ¡Caballo!, como el mío no había nacido. Ligerito como el viento, yo con él y él conmigo”.

Amalgamada en estos curiosos orígenes, cuando oscureció sobre la campechana guanareña, había nacido el “Viejo soguero”, el himno más universal de Araure. En noviembre de 1979, en Valencia, Freddy Salcedo la grabará en acetato, convirtiéndose desde entonces en un canto universal a la llanería. ¡Vivan como si fueran a morir mañana, pero estudien como si fuesen a vivir siempre!

cronistadearaure@gmail.com.


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