1778: araure, “la villa pelada”

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WILFREDO BOLÍVAR/

Entre el 14 de noviembre de 1778 y el 29 de enero de 1779, en Visita Pastoral a Araure, Mons. Mariano Martí, obispo de la Diócesis de Caracas a la cual pertenecía la villa, acuñará en su Libro Personal una frase que ha llegado hasta nuestros días. En base al decaimiento moral y económico del villorrio, los pueblos de la comarca llaman a Araure la “villa pelada”. Dejó escrito el obispo: “puede ser que en adelante no hayga (sic) tanta escasez de dinero, si la Compañía Guipuzcoana paga en plata el tabaco que compra de este territorio, y el algodón, cuyos dos frutos produce buenos este territorio, principalmente el de Jujure o Turén” (Martí, “Libro Personal”, Caracas: 1988, Tomo II, p. 16).

El odioso apelativo habría sido trasmitido al obispo por don Matías de Mendoza, Teniente de Justicia Mayor de la villa entre 1778 y 1779. Isleño honrado avecindado en Araure por esos años, casado en Caracas con la hermana de un sacerdote de apellido Castro apodada La Santa, en la villa padeció Mendoza restricciones económicas familiares reflejadas en diversos oficios a la Corona. Un año antes, el 11 de octubre de 1777, en comunicación al Capitán General, al referirse al villorrio araureño le “dice del estado de miseria en que se encuentra aquél lugar” (Boletín del Archivo General de la Nación, Caracas: 1943, N° 117-120; p. 149).

La menguada paga del tenientazgo de Mendoza en Araure, trasluce las carencias económicas araureñas impuestas por asfixiante monopolio de la Compañía Guipuzcoana (1728-1781) y del Estanco del Tabaco (1777-1833). A ello se unían las Reales Cédulas en materia impositiva, que obligan el pago de aranceles por comercialización de mercaderías. Transmite el obispo, que el monopolio guipuzcoano obligaba a los sembradores locales pagar en ‘trueque’ las operaciones mercantiles, mientras los vascos usufructuaban los cultivos y productos araureños.

Durante la Colonia, muchas de las transacciones en la villa se efectúan en insumos o productos. Así lo informaba el 16 de julio de 1781 don Bruno Ortega, vecino de Araure antes de convertirse en Teniente de Justicia Mayor de la villa (1785-1786). Al verificar la publicación de una Real Cédula que disponía entrasen en ‘cajas reales’ todas las cantidades que se redimieren en los términos impuestos, en oficio a don José de Ávalos, Intendente de las Reales Cajas de Caracas, informa Ortega que todas las “redenciones que se efectuaban en su jurisdicción se pagaban en especie”. En esencia, los impuestos y pagos de alcabala de la Corona reducían la utilidad de los productores dedicados a la agricultura, quienes se veían obligados a vender su producto a los mercaderes y particulares más holgados, a fin de evitar el desembolso de los tributos reales.

Referido al oficio de Ortega, el 9 de agosto de 1781, el Intendente Ávalos respondía a dicho vecino de Araure que “respecto a redenciones censos e imposiciones de los caudales existentes en depósito de cuenta de Su Majestad solo se puede ejecutar con las cantidades que hubiere en dinero efectivo, pero de ningún modo con los bienes, alhajas, esclavos, etc., en todo lo cual debe atenderse a la costumbre establecida” (Boletín AGN, Caracas: 1938, N° 89-92, p. 432).

El monopolio y los impuestos de la Corona española impidieron a la Intendencia de Caracas revertir la cancelación ‘en especies’, fomentando en consecuencia el contrabando con las Antillas holandesas. En 1786, siete años después de la visita del obispo, Juan Francisco del Barrio Sotomayor, Alcalde Ordinario y padrino de José Antonio Páez en 1790, suscribe la “suma pobreza del vecindario, por no tener ninguna entrada de propios”. Dos años después, en 1788, información obtenida por la historiadora Ermila Troconis de Veracoechea refiere que San Carlos y Araure eran villas tan extremadamente pobres de tal suerte que, según documentación, “raros hay que tengan qué comer”. ¡Vivan como si fueran a morir mañana, pero estudien como si fuesen a vivir siempre!

cronistadearaure@gmail.com.


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