San Vicente Ferrer: predicador   

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ELENA LANDAETA.-

“Mira que vengo pronto y traigo mi recompensa pagar a cada uno según su trabajo” Apocalipsis 22,12

Vicente Ferrer, nació en 1350 en Valencia, España. Sus padres le inculcaron desde muy pequeñito una fervorosa devoción hacia Jesucristo, a la Virgen María y un gran amor por los pobres. Le encargaron repartir las cuantiosas limosnas que la familia acostumbraba a dar, así lo fueron haciendo amar el dar ayudas a los necesitados. Lo enseñaron a hacer una mortificación cada viernes en recuerdo de la Pasión de Cristo, y cada sábado en honor de la Virgen Santísima. Estas costumbres las ejercitó durante toda su vida. Se hizo religioso en la Comunidad de los Padres Dominicos y, por su gran inteligencia, a los 21 años ya era profesor de filosofía en la universidad. Durante su juventud el demonio lo asaltó con violentas tentaciones y, además, como era extraordinariamente bien parecido, varias mujeres de dudosa conducta se enamoraron de él y como no les hizo caso a sus zalamerías, le inventaron terribles calumnias contra su buena fama. Todo esto lo fue haciendo fuerte para soportar las pruebas que le iban a llegar después.

Según Bernardo de Rosergio – Arzobispo de Toulouse- declaró el 15 de abril de 1453 en el Proceso de Canonización de San Vicente Ferrer, asistió, cuando tenía 16 años, a las predicaciones del Maestro en Toulouse en 1416 y el día de Viernes Santo su sermón duró seis horas seguidas. En las distintas partes de la plaza llegaron a estar más diez mil personas. Reconocidos teólogos y juristas, trascribían sus sermones palabra por palabra; de doctrina cristiana clara, fructuosa, saludable, brillante, que movía maravillosamente los corazones y conciencias de los oyentes, de cualquier edad y estado (eclesiástico o secular). Dichas colecciones de sermones del Maestro Vicente también copiadas, por muchos técnicos y llevadas a diversas partes del mundo. Predicadores usaron y usan todavía, estos sermones ortodoxos y excelentes.

Vicente fustigaba sin miedo las malas costumbres, invitaba sin cesar a recibir los santos sacramentos de la confesión y de la comunión. Hablaba de la sublimidad de la Santa Misa. Insistía en la grave obligación de cumplir el mandamiento de Santificar las fiestas. La gente admirada al ver que después de sus predicaciones, disminuían borracheras y la costumbre de hablar cosas malas, y las mujeres dejaban modas escandalosas que demostraban vanidad y gusto de aparecer. Aún tan fuerte su modo de predicar atacando al pecado y al vicio, las muchedumbres notaban el gran provecho al oírle sus sermones.

La madre de Vicente Ferrer tenía costumbre de dar todos los meses una medida de harina de cuarenta sueldos a una pobre ciega. En cierta ocasión, encontrándose ya en cinta, después de ofrecer su limosna, le rogó a la ciega la encomendase a Dios para que tuviese un feliz alumbramiento, a lo que contestó la- mendiga apoyando su cabeza en el seno de Constanza: «Dios os prepara una gran gracia»; y de repente sus ojos se abrieron a la luz, y su espíritu, iluminado de una luz profética, decía: «¡Feliz madre!, el ángel que lleváis en vuestro seno, acaba de darme la vista…»

San Vicente regalaba a señoras que peleaban con su marido, un frasquito con agua bendita y les recomendaba: “Cuando su esposo empiece a insultarle, échese un poco de esta agua a la boca y no la pase mientras el otro no deje de ofenderla”. Producía efectos maravillosos porque como la mujer no le podía contestar al marido, no había peleas.

Oración. San Vicente Ferrer ruega por nuestros predicadores. Amén.


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