Dos países en pugna

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ALBERTO DE LUCA BARTOLOMEO.-

No tenemos un país funcional. Pero también hay que recordar los muchos intentos que hicieron algunos de nuestros antepasados, ilustres venezolanos, por recobrar nuestra “razón instrumental”,  por organizar en armonía un país que ha estado fraccionado desde sus inicios. Hemos sido indígenas americanos y blancos europeos; criollos y mestizos; liberales (amarillos) y conservadores (rojos).

La lista es extensa y ocupa dos siglos de nuestra psicohistoria. Hoy nos llamamos chavistas y opositores. Lo cierto es que siempre hemos estado separados. Juntos, pero no revueltos. En nuestra nación cohabitan, simultáneamente, dos países. Los precedentes de nuestro complejo fenómeno psicosocial se remontan a varias centurias. Este penoso atributo fundacional se ha infiltrado en todo el tejido nacional, sosteniendo a lo largo de numerosas generaciones la maligna presencia de dos países en pugna. “Nuestro mal es incurable”.

Está en la sangre. Somos incapaces para la obra paciente y silenciosa. Queremos hacerlo todo de “un golpe”; por eso nos seduce la forma violenta de la revolución armada, de la montuna. La incurable pereza nacional nos impulsa al esfuerzo violento capaz del heroísmo; pero rápido, momentáneo. Después nos echamos a dormir, olvidados de todo. ¡Todo o nada! Pueblo de aventureros que sabe arriesgar la vida, pero es absolutamente incapaz de consagrarla a una empresa tesonera.

Al final, nos quedamos sin nada. Poco importan las cuatro décadas ininterrumpidas de hombres civiles al mando de un Estado ofuscado. Poco importa la modernidad que arribó con luces de progreso a las calles de Caracas, hoy la ciudad más peligrosa del planeta. La realidad de los venezolanos es movediza, inasible, accidentada. Una realidad bífida que se muestra como lengua de serpiente, sorda a los gritos civilizadores; aspirando el aroma corrosivo, el aroma del fracaso, del Sísifo criollo. Y mientras los legisladores y juristas quieren someternos a la lógica partidista, el misterio, “lo imprevisible americano”, despunta en cualquier parte, arrastrando los diques de toda construcción racionalista. Venezuela es precisamente eso, un intento rebelde y minoritario que busca la razón frente a la sumisión popular que resguarda el misterio. Lo que ahora atravesamos ha ocurrido de forma similar en reiteradas ocasiones (“El Eterno Retorno”; “El retorno de lo Reprimido”). Basta con indagar en nuestra Psicohistoria para dar cuenta de ello. Naturalmente, hay muchas maneras de responder. Para quienes creen en soluciones heroicas, rápidas y tajantes, nuestra salida es inminentemente política. Pero, ¿a qué modelo político nos referimos? Porque nuestro sistema y estructura política es, fundamentalmente, militar. Estemos claro. En 200 años de “autonomía institucional” nuestros líderes políticos no han sido ciudadanos eruditos, salvo contadas ocasiones.

El liderazgo lo han ejercido los militares. Como civiles, siempre hemos estado negociando nuestra participación. Por eso, nuestra salida es mucho más dificultosa. No es protestando a viva voz o sufragando para elegir a un Mesías. Amerita asumir cívica y colectivamente nuestra responsabilidad en la comprensión y formación del país que dejamos de formar hace largo rato; instruyéndonos sobre el origen y evolución de nuestra República; ejerciendo acciones prudentes y consecuentes, dirigidas al bienestar común; partiendo de los aciertos y errores que han sido documentados desde los albores del siglo XX, en miras de la anhelada armonía social que prometen los que terminan usurpando el poder.

En este instante nuestra facultad de discernir se ajusta exclusivamente a las circunstancias. Para los que no aceptan ideologías, es necesario dirigir los esfuerzos a conformar un proyecto de país más allá de instancias políticas, asumiendo el liderazgo cívico de todos, consciente de que cada paso que demos ha sido dado por otros, en otro tiempo, y que cada paso que demos, tiene que ser para beneficio de todos. Si tan sólo pudiéramos entonar con tono y perseverancia, con acciones contundentes, el himno de la sapiencia y la concordia; el himno de la fraternidad y el entendimiento; el himno que sustituya nuestra realidad repentina y azarosa hacia una versión menos trágica y más sensible. Es posible. Hacia allá vamos.

delucabartolomeo@gmail.com


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