Santos Yorme…siempre Pompeyo

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IVÁN COLMENARES.-

Cuando se presencia el homenaje nacional a quien durante toda su vida fue una constancia en movimiento, una fuerza para el cambio, una voluntad férrea para el debate, sentimos el orgullo de haber caminado entre gigantes, porque eso fue el bolivarense que a los 14 años comenzara una carrera política de yerros y aciertos, con una comprensión fecunda de los tiempos en los que vivía y con una inmensa pasión por Venezuela.

Pompeyo Márquez Millán fue el constructor de una esperanza que para la generación postguerrillera, abrió un camino venezolano al socialismo. No la pervertida versión de estos aventureros de pacotilla que convirtieron los anhelos de transformación de un país en un saqueo inclemente de la nación, sino a un modo de conducir la gestión pública en políticas dirigidas a la grandeza del país, pero centrado en el bienestar del ser humano y de la familia como base de cualquier sociedad dirigida al progreso colectivo. Pompeyo no sólo fue el gran aliado del pensador rebelde e iconoclasta que representó Teodoro Petkoff, quien desde su permanente devoción por aquella frase que sólo los estúpidos no cambian de opinión al impedir, fue un crítico constante a una manera irracional de entender esa libertad que aspirábamos para la humanidad, pero que aplastaba duramente al pueblo checoslavaco.

De ellos era la frase que el marxismo no era una biblia y que lo perseguíamos no era la arbitrariedad como gobierno, sino el concurso de todos los sectores para distribuir mejor la riqueza nacional y no para destruir a quienes producen. Nos enseñaron que el MAS tenía que rescatar la fe en los hombres públicos, combatiendo la corrupción y ratificando la transparencia administrativa y personal,  repitiendo hasta el cansancio la frase de Benito Juárez que el derecho nuestro termina donde comienza el de los demás y que el respeto es la paz.

Tengo lecciones de vida inolvidables con Pompeyo Márquez. Aquella tenacidad, aquella inmensa vocación por trasmitir a las nuevas generaciones su inmenso amor por Venezuela. Ese ejemplo que jamás contradecía la palabra con los hechos. Ese ir evolucionando con el tiempo, pero siempre fiel a su talante democrático, el mismo que a los 30 años como jefe en la clandestinidad contra Pérez Jiménez, entendió la vital alianza con su adversario ideológico y sentarse con el legendario Alberto Carnevali, después del horrendo asesinato de Leonardo Ruiz Pineda. El mismo que junto a Teodoro, los arquitectos de ese MAS rutilante y novedoso, continente de la Venezuela luminosa, lo abandonaron cuando el hombre a caballo conquistó a su dirigencia al aprovecharse de aquella lección también inolvidable, de acompañar al pueblo en su experiencia. Se burlaron de sus padres fundadores y sus dirigentes pagaron caro, también con el desprecio del caudillo de turno. Se fueron en silencio del partido al que le entregaron sus esfuerzos y sus desvelos, pero siguieron en la lucha en la senda profunda y duramente democrática.

Se fue Santos Yorme. El político, maestro, ministro, hombre, esposo, padre, hermano, el amigo. Se fue un autodidacta, cuya obra escrita es merecedora de estudio, como bien lo define Domingo Maza Zavala: “Libros estos que no han sido escritos en la paz académica de las universidades; paz, por otra parte, muy relativa y frecuentemente comprometida; ni en el recogimiento del gabinete de trabajo, sino en el fragor de la pelea, bajo las restricciones de la cárcel, en la zozobra de la clandestinidad, entre urgencia y emergencia, y por ello tienen el calor vital de las obras forjadas para servir al pueblo y no para regodeo estéril del espíritu, ni de vanidades de figurones”.

Para este gigante del siglo XX vale la pena hablemos con José Martí ante la muerte de aquel inmenso Cecilio Acosta: “de pie en su época, vivió en ella, en las que le antecedieron y en las que han de sucederle. Abrió vías, que habrán de seguirse; profeta nuevo, anunció la fuerza por la virtud y la redención por el trabajo. Su pluma siempre verde, como la de un ave del Paraíso, tenía reflejos de cielo y punta blanda. Pudo pasearse, como quien pasea con lo propio, con túnica de apóstol. Los que le vieron en vida, le veneran; los que asistieron a su muerte, se estremecen. Su patria, como su hija, debe estar sin consuelo; grande ha sido la amargura de los extraños; grande ha de ser la suya. ¡Y cuando él alzó el vuelo, tenía limpias las alas!”


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