Día del niño 2017

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ALBERTO DE LUCA BARTOLOMEO.-

A los niños, para quienes hoy todo es juego, pero para quienes todavía no ha empezado “el juego de la vida”. Las imágenes de niños con marasmo; sin teta que chupar; desnutridos; con el vientre hinchado de parásitos; los ojos desorbitados; niños de la calle; niños huérfanos. Incredulidad. Asco. Indignación. Todos sabemos que los niños siempre han “jugado a la guerra”. Unas veces con soldaditos de plomo, otras con pistolas de madera; pero siempre se han dedicado a “matar” a ese tipo de enemigos, que tan pronto caen como resucitan. El niño necesita jugar, exteriorizar esas pulsiones arcaicas que habitan en él precisamente en el marco de una actividad inofensiva: el juego. Y también necesitan jugar para aprender a distinguir lo real de lo virtual. Efectivamente, en el universo del juego todo es reversible y nada de lo que sucede acaba teniendo consecuencias “de verdad”.

El mundo real, en cambio, no tiene nada de inocente y en él no es posible borrar el pasado: lo hecho, hecho está y herir, humillar y, a fortiori, matar difícilmente admiten una “enmienda”. Por lo tanto, el problema no es que los niños jueguen a la guerra, sino que los adultos siguen haciéndolo, pero esta vez de verdad. El problema no es que los niños arrasen, en un juego electrónico, un universo virtual a base de bombas imaginarias, sino que los adultos arrasen el mundo a base de bombas de las de verdad; incluso corriendo el riesgo de destruirlo de forma irreversible. El problema no es que los niños se enfurezcan ante su baúl de juguetes y se ceben contra un coche en miniatura que, a decir verdad, está incluso pensado para estas cosas, sino que los adultos hagan lo mismo con la naturaleza que ni tan siquiera sabemos si un día podrá recuperarse.

Lo que hoy es realmente importante es impedir que los adultos jueguen con el mundo o con su país. El verdadero desafío es educar a los niños para que aprendan a distinguir el juego de la realidad, para que una vez convertidos en adultos no jueguen con el mundo y, tal vez así, éste podrá sobrevivir más allá de nuestras vidas y de la de ellos. Sabemos, por fin, que somos mortales. Sentimos que una civilización es tan frágil como una vida. Igualmente, sentimos indignación cuando los pueblos son tratados como niños. Por ello, todo cuanto podamos hacer será poco. Estar atentos; tender la mano a los niños según la hermosa frase de Kant para definir las Luces: “pensar por sí mismos”. Y, en cualquier caso, dejar que los niños sigan jugando. Sí, es necesario, por más que el mundo no sea un juguete; bueno, precisamente porque el mundo no es un juguete. Hay que jugar cuando se es niño para experimentar, en un ambiente seguro, lo que representa actuar sobre una realidad exterior: sentir su resistencia y ver o imaginar su reacción.

También hay que jugar para comprender, sin riesgos mayores para la integridad psicológica y física, los peligros del mundo, los peligros de la trasgresión ciega y las amenazas de la locura cuando todavía no hay reglas que limiten el deseo de prepotencia. Y, finalmente, hay que jugar para desconfiar de las propias fantasías que, dentro del juego, podemos clasificar, poner a distancia, simbolizar y metabolizar para hacer de ellas la materia del pensamiento sin la cual la inteligencia no es más que una cáscara vacía. A todos aquellos responsables de hacer crecer a los niños: somos los niños de un mundo devastado que buscan la forma de renacer en un mundo por crear. Aprender a convertirse en persona, en humano es lo único que es radical. Por ello, es mejor hacer un esfuerzo por crear situaciones en las que el niño decida crecer por sí mismo y renunciar a lo infantil. Porque se está construyendo una relación en la que el presente no sólo se reduce a la obligación del disfrute inmediato. Porque se está abriendo un porvenir que no reduce al niño a realizar una mera repetición delirante (“compulsión a la repetición”).

Porque una palabra llama a la otra y así el niño accede a lo simbólico. Los niños son la plenitud del amor. Debemos hacer saber a nuestros niños que los comprendemos, que allí estamos, que los amamos y que los apoyamos. Sólo aquel que pueda iluminar a un niño con la luz de la ternura llegará lejos. Nunca es tarde para empezar. delucabartolomeo@gmail.com


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