Mi gratitud en el premio “Edgar Hernández”

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WILFREDO BOLÍVAR.-

Así agradezco mi reconocimiento en el homenaje conferido por en la VIII entrega del Premio “Edgar Hernández” 2017: Cuando era monaguillo de la iglesia de Araure, a mis once años, para descansar de los ajetreos de la sacristía impuestos por el Padre Luis Gasparini, en horas de la tarde me subía al campanario para mirar declinar el sol sobre el siluetado horizonte araureño. Desde la altura, miraba los techos entejados y las blancas paredes, dando rienda a la imaginación. Fue así como Araure se me metió por los ojos.

En sexto grado, me iba a la biblioteca pública de Acarigua a investigar lo que con ingenua pretensión llamaba “el libro de Araure”. Doce años después, concluyó en 300 páginas cuando quería marcharme a Caracas a estudiar teatro y comenzaba a hacer algunas cosas en televisión. Pero vino a ocurrir, que murió el primer cronista de Araure, don Manuel Barrios Freites, y me designaron en el cargo.

Nunca pensé ser cronista. Pero quiso Dios que, 32 años en esa misión (y los que faltan) me dieran la posibilidad de dejar alguna huella. Por eso seguramente estoy parado aquí, invitado por mis amigos organizadores de la 8va. entrega del Premio Municipal de Arte y Cultura “Edgar Hernández”. Esta es la única distinción en Portuguesa a nuestros artistas —otorgado por artistas— para resaltar los méritos de nuestros cultores. Este es un reconocimiento sin intermediarios: una antorcha para titular credenciales justas, entre la propia gente de la cultura.

Estimula saber que este acto está rodeado de niños mostrando sus aptitudes artísticas, guiados por profesores jóvenes y talentosos. No todo está perdido. Mirando a mi hijo menor entre los expositores, recorro en perspectiva el pasado y veo mi infancia en esta Casa de la Cultura, asaltado de ilusiones despertadas por el bondadoso profesor de pintura Honey Mora.

Cuando me reencuentro en esta casa con mis amigos encanecidos, bajo la mirada añosa del trecho recorrido, creo que pertenecemos a otro tiempo: allá los titiriteros del “Guiñolín” de Cruz Alvarado; bajo el desaparecido mango, las conversas con el actor Reynaldo Martínez; en la vieja sala con puertas de vidrio, las estimulantes exposiciones de Julián Bustillos, Pedro Mirabal o Ernesto Andrade. Cada protagonista en nuestras vidas es un cultor de emociones.

El arte y la cultura remueven el alma. Decía el músico alemán Robert Schumann que “la misión del artista es echar luz sobre las tinieblas del corazón”. De allí que este reconocimiento a los cultores sea un chorro de luz, en una Venezuela sumergida en el oscurantismo. Perdimos el rumbo. Muchos venezolanos dicen una cosa y hacen otra. Una minoría, enferma por la conveniencia y los acomodos individuales finge y calla. Nos hemos vuelto insinceros. La mayoría calla, y como Barrabás —en el cuento de Uslar Pietri—, que sabe que crucifican al justo, calla porque es “cómplice” del silencio. Callar es una especie de suicidio colectivo.

Este es un premio que grita méritos, mientras otros los callan o inventan modelos foráneos con pasados oscuros. Celebro esta entrega anual, inspirada en aquel artista humilde que fue Edgar Hernández. Y devuelvo este reconocimiento a Carmen Aurora de Monsalve, Edda Acosta de Zamudio, María Auxiliadora Troconis, Germán Querales, Joel Hernández, Maxy Vásquez, Rafael Ordoñez, El Negro Andrés Cordero, Laureano Gómez y Collante y a tantos dignos de imitar. Algunos se nos han adelantado, Raúl H. De Pasquali, Carlos Revete, Edgar Gurmeitte. Cada historia de vida es un premio a la constancia.

Comparto con los jóvenes artistas, un consejo leído alguna vez en una tapara tallada por el cultor popular Policarpo Silva: “No esperen saber para ponerse a hacer. Pónganse a hacer para poder saber”. ¿Qué podía saber un monaguillo de escribir libros? Desde que salí de aquí como titiritero, teatrero y prospecto de pintor, mis manos se encargaron de labrar otra hoja de vida. ¡Crean en el hacer! Para levantar familia con las artes, las manos que sostienen este papel han escrito libros, sembrado árboles, pintado acuarelas, dibujado caricaturas, fotografiado hombres y paisaje, grabado manifestaciones folklóricas y editado documentales.

A mis doce años, comencé a escribirle a un pueblo. Cincuenta años después, terminé escribiendo una demanda para salvaguardar mis derechos y seguir defendiendo un pueblo. Recibo este reconocimiento como un bálsamo. No niego la profunda tristeza que me produce el silencio de Araure hacia su cronista, asaltado en su oficio como escritor de la memoria. ¡Ustedes son una gigante excepción!

En estos días oscuros, trato de reanimarme con aquellas palabras de la madre pobre en la película venezolana “Una vida y dos mandados” (1997) cuando, adentro del frío rancho merideño aconsejaba a su humilde hijo: “Cómo se le puede pedir a la vida que se vista de bonito para venir a vernos, si es uno el que tiene que vestirse de fuerza y alegría para recibirla, y ella, que venga como quiera”. Aquí vine vestido de fuerza a darles las gracias. Estoy de pie, gracias al amor de los míos, a los afectos foráneos y en especial a gente como ustedes. ¡Dios les bendiga!

¡Vivan como si fueran a morir mañana, pero estudien como si fuesen a vivir siempre!

cronistadearaure@gmail.com


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