A la valiente e inolvidable Caridad

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IVÁN COLMENARES.-

El domingo 25 en la noche llegó la infausta noticia. Caridad Mejías, la mamá de mi compadre y hermano Julio Aranguren, el símbolo de la lucha de la mujer portugueseña en todos los terrenos, mi Cari Cari, la antigua como le decía cariñosamente su primogénito, descansó en la paz del Señor. Y recordé nuevamente al poeta peruano César Vallejo con aquellos dolores que parecen producidos por la ira de Dios, golpes en la vida tan fuertes que ante ellos se empoza en el alma, la resaca de todo lo sufrido, que “abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”. Un heraldo negro que nos manda la muerte…golpes sangrientos en las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema”.

Cuando se funda el MAS aparece en nuestras vidas, esa flaca humanidad, llena de fe en un país más justo, con el coraje de una generación que se quería comer al mundo desde un punto de vista interesante que se fue amoldando a las legítimas aspiraciones de una nación democrática y que aprendió entre caídas y levantadas, a acompañar al pueblo en sus experiencias. Allí estaba esa enfermera auxiliar, como voz en el desierto de la mujer humilde, de la madre digna y batalladora, de los trabajadores de la salud. Y como una militante de primera línea, cruzó nuestras vidas, convirtiéndose en el referente de la lucha y del amor.

Caridad se levantó sola, con ese coraje que le acompañaba siempre. Y a sus hijos, primero casada con Audio y luego separada, sus morochas Ana Violeta y Ana Joaquina, Fabiola, Gabriel, Alejandro y mi compadre, los hizo hombres y mujeres de bien. En su vida sindical fue una dirigente que nunca abusó de su licencia y jamás abandonó su trabajo, porque indiscutiblemente era la voz de sus compañeros en esa fue que casi su casa, el Hospital Universitario “Miguel Oraá” de la capital portugueseña.

En el MAS de nuestros tormentos, siempre dispuesta, siempre construyendo, siempre participando. Llegó a ser concejal del Municipio Guanare, restituida ante un reclamo, en aquellos tiempos cuando las instituciones funcionaban. Y como allí se construyó una familia que iba más allá de la militancia, no concebía ni permitía, castigando incluso con su  voz y hasta con su indiferencia reclamante, las distancias, por ejemplo, entre Mara y yo. Pero siempre servía de puente para que las aguas volvieran a su cauce. En ese activismo, no recuerdo a nadie de mayor valentía y dignidad que Ramón Andueza y Caridad, dando el ejemplo.

Y cuando hablé que descansó en la paz del Señor, lo digo con humildad y orgullo. De aquella Caridad iconoclasta, incrédula, la voz de Mercedes a veces, y de su vecina Coromoto Chávez, siempre, comenzó Cari un camino hacia la paz interior y hacia la espiritualidad, sin dejar de luchar por su vida, por esas nietas que fueron el bálsamo final, su renacer por vivir, sin dejar de estar presente en cada convocatoria de la unidad democrática para protestar contra este régimen absurdo, con esta pesadilla que nos carcomió el orgullo de ser venezolanos y que nos introdujo en una miseria inacabable, pero de la que saldremos Dios mediante.

Con Coromoto hay una lección. Fueron duras adversarias. No se hablaban y eran vecinitas. Coromoto adeca y ella masista, cultivada en el antiadequismo visceral que nos enseñaron como críticos del sistema, entuerto que la experiencia nos ayudó a enderezar. La enfermedad de Cari las acercó y hasta el último momento, la solidaridad presente de Coromoto, junto a la abnegación y entrega de mis hermanos, los Aranguren Mejías, le hicieron los últimos días llevaderos a esta luchadora insigne y especial.

Caridad. Muchísimas gracias por todo. Por tu vida, tu cariño inmenso, tu singular ejemplo, tu lección imborrable, tu dedicación indoblegable, tu espíritu indomable, tu fe en el renacer de la Patria. Y como dijo Pablo Neruda, subirás a nacer con o sin nosotros, para ver la Venezuela que aspiramos para todos, en el camino del progreso, del respeto, de la convivencia y de la tolerancia.

Dios te bendiga por siempre, mi valiente e inolvidable Caridad.


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