Las cajitas de las madres

¡Comparte!
  • 1
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

ALBERTO DE LUCA BARTOLOMEO.-

“Me da un poco de rabia haber nacido demasiado pronto”, solía decir mi madre, en vida. “Pero, por otra parte”, agregaba después, “también experimento una sensación de alivio: por las premisas que atisbo, el futuro no me da ánimos ni me da alegra, solamente me da miedo”. Como muchas mujeres europeas de su generación, no pudo realizar sus sueños, hubiera querido estudiar, trabajar, y ese hecho, de alguna manera, la había llevado a pensar que había desperdiciado su inteligencia, su anhelo de obrar y conocer. “No sé si solamente soy una vieja confundida”, repitió durante sus últimos años de vida, “o si verdaderamente  el mundo está enloqueciendo”. Recordé estas cosas ayer, cuando, sacando, unos papeles de un cajón, cayó entre mis manos una vieja cajita de hojalata de un color verdoso, que en tiempos lejanos debía haber contenido unos bizcochos: allí era donde la “Mamitina” guardaba sus recuerdos. Junto a una cajita y dos viejas bufandas, es todo lo que me ha quedado de ella. Durante meses, después de su desaparición, miré esa cajita con temor, como si contuviese una bomba de tiempo. ¿Qué habrá allí adentro?”, me preguntaba, sin atreverme a abrirla. Después, un día de lluvia, parecido a éste en que estoy escribiendo, reuní todas mis fuerzas y levanté la tapa. Adentro, con ese orden meticuloso que frecuentemente distingue a las personas ancianas, estaban guardadas pocas cosas: cierto número de llaves, de formas y tamaños diversos, alguna banda de goma, varias cintas de colores, “il mandorlo e il fuoco” de Ernesto Balducci, un librito de cánticos católicos  editado en los años cincuenta, una foto mía y una suya, una edición de bolsillo de los Salmos, un pequeño peine transparente, “El Principito” de Saint-Exupéry, una foto con la oración del abad Perreyve de la gruta de Lourdes, dos viejos lápices, una flor seca y, atadas con una cinta roja, todas las tarjetas que yo le había escrito a lo largo de los años. Enumerando de esta manera los objetos de la cajita podríamos darnos cuenta de una persona con valores cristianos, y obsesionada por la religión.  En realidad, era todo lo contrario: todo aquello que se refería a la devoción ella lo tenía encerrado “en el secreto de su habitación”. Nunca la oí pronunciar proclamas, jamás la vi imponer nada a nadie. Vivió constantemente firme en el principio de que la mano izquierda no ha de saber la que hace la derecha. Lo que ofrecía a los demás era una gran alegría, junto con la capacidad de escuchar y aceptar a los demás sin caer nunca en la trampa del juicio. Cuando cerré la tapa de aquella cajita sentí repentinamente la importancia de esa herencia. Allí en aquel pequeño espacio, estaba todo aquello que había contribuido en la construcción de la alegría y la potencia de su vida interior. Desde el comienzo de su enfermedad, había ido guardando allí adentro las cosas más preciosas y sobre la tapa había puesto una etiqueta con mi nombre. Tenía miedo de que su tesoro se extraviara, de que se dispersara después de su muerte. Y pienso, entonces, en ese asunto de la cajita verde que la “Mamitina dejó en herencia, y en las cajitas que dejaré yo a quienes vengan después de mí: mis dos preciosas hijas, mis dos luceros: Vanessa y Stepfhanía. ¿Qué es lo que quedará de cada uno de nosotros después del tránsito por esta tierra? ¿Qué habremos sabido construir para los hijos, para los nietos, para las personas a las que nos hemos acercado, a lo largo de la vida? ¿Qué cajitas preparamos? ¿Cajitas llenas de actos legales, pólizas de seguros, títulos de propiedad, y acaso refugios antiatómicos? ¿O cajitas de autoconsciencia? ¿Cajitas que producen sueños tranquilos o cajitas que, espabilando la conciencia, provocan insomnio? ¿O bien, sencillamente, cajitas vacías como huevos de Pascua en los que hemos olvidado poner la sorpresa? Tenemos una idea tan grande y obsesiva del futuro que olvidamos que nuestro futuro, algún día, será pasado. Si al vivir hemos sembrado amor y consciencia, detrás de nosotros crecerán el amor y la consciencia. Si hemos dejado propiedades y papeles, detrás de nosotros crecerá el trabajo de la codicia. Y si, en cambio, no hemos sembrado nada, detrás de nosotros seguirán creciendo con más fuerza el vacío y la destrucción.

¡Felicidades MADRE en tu día!, porque hoy podemos celebrar el SÍ de todas aquellas madres que están a favor de la vida. delucabartolomeo@gmail.com


¡Comparte!
  • 1
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

También te podría gustar...