Despertemos del letargo

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YORMAN TOVAR.-

La descentralización lograda por la democracia (1958-1998) había avanzado ante la posible amenaza de que una nueva dictadura pudiese asomar sus fauces y devorar las conquistas constitucionales de la alternabilidad y representatividad en el poder, pues ante un solo individuo que ensayara dominar como soberano, habría también Estados Soberanos que se opondrían a tan bastarda pretensión.

Conscientes estamos que nuestra democracia estaba funcionando mal, y la prueba más fehaciente fue que un alevoso militar, después de intentar tomar el poder mediante un golpe de Estado, arribó al poder por mayoritaria voluntad del pueblo, luego de que uno de los fundadores de la democracia le diera sobreseimiento a su pérfida causa. Todavía se pone en duda si la decisión del Dr. Caldera, en uso de sus facultades constitucionales, fue un fallo tangible, o significó el suicidio de lo que quedaba de democracia.

Lamentablemente hoy somos prisioneros de un centralismo creado por un aventurero que mucho sabía de cuarteles y nada de verdadera y sensata política; un megalómano avaro despilfarró toda la riqueza del Oro Negro en los momentos en que se debió “sembrar el petróleo”, y que de paso, entregó la soberanía política de Venezuela al copiar el retrógrado modelo impuesto por un déspota como “el Caimán barbudo” antillano. Y para peor desgracia el heredero de esta bancarrota es un siniestro apóstata que pretende imponer una nueva Constitución redactada por sus siervos (gorilas militares, rábulas oportunistas y ñángaras tardíos), y que –de seguro- comenzará con un referéndum amañado contra la legítima Asamblea Nacional. He aquí la zarpa del crimen oprimiendo el pescuezo del pueblo ignorante.

Maduro es la reencarnación tardía de un bárbaro, émulo de Nerón y de Calígula que en la actualidad está arrojando al pueblo pobre a las fieras del hambre y la especulación bachaqueril para que se lo devoren vivo, ante los ojos del mismo pueblo… un pueblo donde nos hemos convertido, cada individuo, en manso borrego del redil, habituado al triste espectáculo de ver morir al prójimo mientras, estoicamente esperamos el turno para ir a la degollina. Y es que desgraciadamente aún queda una parte del pueblo, obnubilada, que se niega a reconocer la infamia que lo oprime. Oscurecidas pupilas que soslayan la luz y sólo se abren ante las sombras de la noche que los sume en una supina ignorancia que justifica aquella máxima de que “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver”… pareciera que sólo conocieran la penumbra, y como los mochuelos odian la luz, y como los topos sienten que la luminosidad fustiga sus ojos.

Desafortunadamente, dentro de esa parte del pueblo hay también fanáticos de sectas religiosas, excitados, tal vez por orden de ovejeros mayores, que venden sus rebaños por prebendas políticas facilistas. Con tarjetas de franquicias electorales esas sectas apoyan todas las farsas del gobierno, y los circos comiciales que monta el PSUV y el CNE. Otra parte de esa fanaticada actúa, conformista, atrofiada tal vez por la mala interpretación de los textos bíblicos, ignorando que están escritos en parábolas o metáforas; y al mezclar ese fanatismo con la farsa del socialismo del siglo XXI justifican la escasez de medicinas y alimentos, así como  la hiperinflación provocadas por este comunismo, y vociferan que “eso está en la Biblia y que es voluntad de Jehová”, pero se quedan mudos cuando alguien les refuta: ¿Y por qué Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Panamá a donde emigra nuestra gente en busca de una mejor vida, no presenta la misma peste bíblica de Venezuela? Otros se hacen los pendejos y creen en la fulana “Guerra económica”.

Los liderazgos opositores se volvieron indiferentes, mientras una turba amaestrada por el cayado de la demagogia se niega a entender que en la democracia representativa, con todos los errores, éramos ciudadanos, pero hoy somos esclavos; que ayer gozábamos de derechos y hoy sólo cumplimos deberes; que ayer nuestros salarios se cubrían con plata, “contante y sonante”, y hoy se cubre con billetes sin fondo de amortización, pues no tienen valor, pues circulan con una bayoneta dictatorial en la espalda, y por eso nuestro salario no vale. Si pagamos en “efectivo” recibimos falsas ofertas, pero si pagamos por “transferencia electrónica” o por “punto de venta” nos están triplicando el precio del producto ya antes abultado por la hiperinflación. Nos hemos ido transformando en un populacho conformista con falsas prebendas, ignorando si éstas provienen de lo que queda del petróleo o del oscuro negocio de presuntas vainas extrañas y dudosas  en las que participa una piara de bandidos enchufados en la alta esfera del Estado.

Ayer nos quejábamos y protestábamos, hoy estamos privados de hacerlo. Ayer íbamos a las urnas a elegir, hoy votamos pero no elegimos. Ayer fuimos a la escuela  a aprender a ser útiles a la nación, y nuestros hijos fueron también a educarse, a instruirse para emprender un futuro que les fue negado. Hoy los muchachos van a la escuela no sólo a maleducarse con el hambre como modelo pedagógico, sino a ideologizarse con la más perversa monserga comunista que haya conocido la Historia Contemporánea de América Latina.

Despertemos del letargo y aprendámonos esta frase de J. M. Vargas Vila: “El esclavo que se duerme sobre sus cadenas nunca será libre. La esclavitud es una afrenta que no es permitido olvidar. Si pesan maldiciones sobre los tiranos, también pesan sobre los pueblos serviles que los toleran. Sólo la estupidez de un pueblo puede dar visos de legalidad al despotismo”.


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