Psicología al día: Cuando llega el dolor

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ALBERTO DE LUCA BARTOLOMEO.-

Frente a la enfermedad y a la muerte podemos ganar algunas batallas, pero la guerra la tenemos perdida. Nacemos para morir. El hombre es el único viviente que tiene conciencia anticipada de la muerte. Por eso le angustia su finitud.

¿Nacemos para sufrir? La muerte suele venir precedida de enfermedad, vejez, deterioro físico y mental. ¿Por qué Dios nos hizo finitos? ¿Por qué no coinciden la bondad y la salud, la vida larga y la vida plena? Son las preguntas que desconcertaron a Job y siguen desconcertando a los hombres del siglo XXI.

La razón nos deja en la penumbra sobre el sentido y el valor de la enfermedad, el dolor y la muerte: son misterios. Muchos pensadores honestos de nuestro tiempo se desesperan ante el misterio del sufrir y del morir. La honradez desesperada. Pareciera, entonces, que sólo la fe ilumina el sentido del misterio.

Es cierto que nacemos para morir. Pero, ¿nacemos para sufrir? La conciencia nos recuerda con frecuencia nuestra condición de mortalidad. Nos lo recuerda cuando mueren personas de nuestro entorno. También cuando se hace presente en nuestra vida la enfermedad. Y cuando se nos acumulan los años y llega la ancianidad con su comparsa de achaques, dolencias y deterioros.

La enfermedad es siempre visita indeseada. Pero hay excepciones. A un amigo le diagnosticaron diabetes. Ese día se sintió feliz: “Ya tengo una enfermedad oficialmente”, decía; porque las múltiples dolencias de que se quejaba eran más bien “hipocondría”. La enfermedad suele llegar sin tocar el timbre. Se va o permanece mientras quiere o se ve vencida por la medicina. Si dura pocos días, no nos obliga a salir de la sociedad. Si la enfermedad se instala en nosotros, nos somete a la tiranía de su reino.

El reino de la enfermedad está en los hospitales, en los ancianatos, en la soledad de la propia casa.  Pasamos con frecuencia ante los hospitales. Si tenemos salud, no les damos importancia. Es muy distinto estar fuera de sus muros o estar dentro de ellos. Desde dentro todo se ve distinto. La cama del hospital nos quita independencia, nos somete a análisis, a la medicación, a la fiebre y al dolor. Nos reduce a la impotencia. Se sabe cuándo se entra al hospital, pero no se sabe cuándo se sale, ni cómo se sale.

En los hospitales ingresan dos categorías de enfermos: los que se curarán y saldrán un día; los que no se curarán y permanecerán allí durante meses o años, o para siempre.

La enfermedad es la triste visita que no se puede despedir como se quisiera. Todos tratamos de evadir el pensar en la muerte mientras no nos toque personalmente a cada uno o al entorno más cercano de nosotros. delucabartolomeo@gmail.com


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